Este sitio utiliza cookies para mejorar la experiencia del lector. Revisar políticas
Vivimos conectados, pero rara vez presentes. Cada día el teléfono vibra con cientos de mensajes, videos, alertas y memes que consumen nuestro tiempo como una termita que carcome la madera. Nos hemos vuelto esclavos de pantallas que nos hipnotizan, mientras el mundo real, ese que respira y sufre al lado nuestro, se va difuminando.
La empatía es la capacidad de detenerse, de mirar y sentir al otro. Pero hoy, ¿quién se detiene? ¿Quién baja la mirada del celular para preguntar a su hermano, a su amigo, al desconocido en la calle: “¿estás bien?”
El problema no es solo que ignoremos, sino que hemos normalizado ignorar. Si alguien está roto, asumimos que no es asunto nuestro. Si un familiar se siente solo, nos convencemos de que “ya pasará”. Si alguien en la calle sufre, preferimos mirar hacia otro lado. Y mientras tanto, construimos muros de cristal líquido donde cada “like” sustituye un abrazo, y cada “emoji” reemplaza una conversación honesta.
La indiferencia no empezó de golpe. Se infiltró en gestos pequeños: no responder un mensaje real pero sí comentar una foto banal, callar cuando alguien llora, minimizar el dolor ajeno con frases hechas como “échale ganas”. Y lo peor es que ya no nos incomoda.
La empatía no está muerta, pero está en coma. Y depende de cada uno reanimarla con acciones simples: escuchar de verdad, preguntar con interés genuino, ofrecer compañía sin mirar el reloj. Recordar que lo humano no está en el feed, sino en el rostro cansado de quien tenemos enfrente.
Si seguimos corriendo detrás de notificaciones, un día despertaremos en un mundo donde nadie se pregunta por nadie. Y entonces habremos perdido lo único que nos hacía humanos: sentir al otro.
¿Te gustó esta nota?
0 Comentarios