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Conducir se vuelve un ejercicio extraño cuando, en medio del tráfico, aparece esa realidad que evitamos mirar de frente: las personas en situación de calle. Ahí, con sus ojos cansados, con el peso de lo invisible, parecen recordarme que la vida tiene un orden perfecto, aunque a veces duela entenderlo.
Yo mismo lo creo: la vida es impecable. Si se irrespetan las leyes universales, en algún punto hay que pagar el precio. No hablo de castigos divinos, sino de consecuencias naturales, inevitables, como la gravedad. Pero, entonces, surge mi dilema: ¿estas personas están pagando cuentas pendientes o simplemente están en la antesala de una vida mejor?
Lo cierto es que cada uno carga con su historia, con su propio saldo de aciertos y errores. Y aunque muchos sienten lástima o miedo al verlos, yo me debato entre la empatía y la curiosidad existencial. ¿Qué hay detrás de esa mirada perdida? ¿Qué papel cumplen en este juego perfecto de la existencia?
En lo personal, me aferro al respeto, a la empatía y al deseo constante de superarme. No soy un santo, pero camino con la convicción de que lo que siembras, tarde o temprano, florece. Quizá por eso no siento miedo: sé que lo que venga será bueno, porque la intención que pongo al andar es limpia.
Y aun así, la pregunta me persigue como un eco incómodo en cada semáforo: ¿esa gente está pagando algo o nos están enseñando a todos que la vida, incluso en su crudeza, es un ensayo para algo más grande?
Quizá nunca sepamos la respuesta, pero lo cierto es que cada mirada desde la calle nos obliga a recordar que todos estamos, de alguna forma, a prueba.
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