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Conocí a un señor que era lo más parecido al diablo cuando se enojaba. Nadie le decía nada, ni en bien ni en mal. Bastaba con verlo para entender que a la gente le aterraba la idea de provocarlo, porque antecedentes de sobra le acompañaban. Su sombra era un aviso: no cruces la línea.
Recuerdo un día en que un amigo, en lo que parecía un simple juego, bromeaba demasiado con su hijo menor. La risa se transformó en discusión, y la discusión terminó en golpes. Trompadas de un lado y del otro, hasta que el señor apareció.
No preguntó. No gritó. Solo caminó hacia ellos con un machete en la mano. Y sin mediar palabra, descargó tres machetazos contra la cabeza y la mandíbula del hombre que agredía a su hijo. Lo dejó con el habla lenta, la memoria herida y una cicatriz que tardó meses en cerrar.
Todo quedó impune. Nadie denunció. Nadie se atrevió. El silencio fue el verdadero cómplice de aquel infierno cotidiano. Porque cuando el miedo se impone, la justicia se esconde.
Conocerlo me dejó una certeza amarga: el verdadero poder no siempre se gana con respeto, a veces se construye con temor. Y en ese terreno, todos perdemos.
Este recuerdo todavía me hace pensar en lo que callamos frente a la violencia, en cómo preferimos mirar hacia otro lado antes de cuestionar el poder del miedo. Quizá por eso reflexiones como ¿La vida castiga o prepara? cobran tanto sentido: porque toda acción tiene un precio. Lo mismo ocurre cuando la empatía se extingue en tiempos de indiferencia, y elegimos el silencio por comodidad. Y si algo me quedó claro es que solo la superación personal puede liberarnos de repetir las mismas historias de miedo.
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