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René Moya
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El hombre que parecía el diablo

Hay personas que imponen miedo sin necesidad de palabras. Su sola presencia hace que nadie se atreva a corregirles, ni a elogiarles, porque el temor pesa más que la verdad.

Conocí a un señor que era lo más parecido al diablo cuando se enojaba. Nadie le decía nada, ni en bien ni en mal. Bastaba con verlo para entender que a la gente le aterraba la idea de provocarlo, porque antecedentes de sobra le acompañaban. Su sombra era un aviso: no cruces la línea.

Recuerdo un día en que un amigo, en lo que parecía un simple juego, bromeaba demasiado con su hijo menor. La risa se transformó en discusión, y la discusión terminó en golpes. Trompadas de un lado y del otro, hasta que el señor apareció.

No preguntó. No gritó. Solo caminó hacia ellos con un machete en la mano. Y sin mediar palabra, descargó tres machetazos contra la cabeza y la mandíbula del hombre que agredía a su hijo. Lo dejó con el habla lenta, la memoria herida y una cicatriz que tardó meses en cerrar.

Todo quedó impune. Nadie denunció. Nadie se atrevió. El silencio fue el verdadero cómplice de aquel infierno cotidiano. Porque cuando el miedo se impone, la justicia se esconde.

Conocerlo me dejó una certeza amarga: el verdadero poder no siempre se gana con respeto, a veces se construye con temor. Y en ese terreno, todos perdemos.

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