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El miedo a la muerte no es otra cosa que el miedo a vivir incompletos. No tememos al final en sí, sino a la idea de llegar a él con la sensación de que faltó algo: un abrazo que nunca dimos, una disculpa que no nos atrevimos a pronunciar, un sueño que dejamos marchitar.
Lo curioso es que huimos de la muerte como si nos persiguiera, pero en realidad es ella quien nos espera paciente en la esquina. No corre. No grita. Solo está ahí, con los brazos cruzados, mientras nosotros gastamos la vida escondiéndonos en rutinas que no nos llenan.
El miedo es un ladrón silencioso: nos roba la risa espontánea, la valentía de arriesgar, la locura de amar sin garantías. Porque mientras pensamos en cómo esquivar la muerte, dejamos pasar los días como si fueran monedas de poco valor.
El secreto, tal vez, no está en querer vivir para siempre, sino en vivir de tal manera que, cuando llegue la muerte, no tenga nada que quitarnos.
La muerte no es el enemigo. El enemigo es llegar a ella con las manos vacías de vida.
Si esta idea te retumba, también puede hacerlo la pregunta de si la vida castiga o prepara, o la reflexión sobre cómo la indiferencia nos mata en vida. Al final, todo nos lleva a lo mismo: vivir con tanta fuerza que ni la muerte se atreva a tocarnos en vano.
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